Segunda entrega de la serie "Cuentos del Bicentenario". El primer cuento tiene una referencia muy fácil de adivinar. Ahora veremos si alguien puede identificar el origen de este.
Necesito comprar despensa.
Ya no están ahí en el gabinete del lavabo tus cosméticos, tus perfumes, tu rizadora de cabello. Ya no cuelgan de las llaves de la regadera, orgullosas, tus tangas, como trofeos de una guerra nocturna malhabida. Ya no como, pues no tengo apetito. Todo me da náuseas. Ya no tengo a quién preguntarle por qué se gastó tanto en Walmart y a quién interrogar acerca de cómo llegaremos al fin de la quincena...
Es de noche, y yo estoy en absoluto silencio. Este departamento me parece enorme sin ti; rara vez salgo de la habitación. Salgo sólo para ir al baño, o como hoy, para despojarme un poco de la esencia de ti, de tu vacío, de tu no-presencia.... trato de evitarlo, por seguridad también. El otro día, por salir a oscuras, tropecé con una botella de vodka y me golpeé la cabeza.
Y allá, aquí, en medio de la soledad más confusa y nebulosa, mirando por la ventana, con un vaso de agua de la llave y un cigarrillo en mano, me sigo preguntando si el imbécil ese sabe cómo hacerte reír contando las historias que se ocultan en tu espalda desnuda y creando mitologías a partir del movimiento de tu pelvis... ¿También te riñe por gastar de más? No lo creo.
Y es que, a cambio del perfume que debe respirarse en esa maldita y detestable alcoba que resguarda del mundo tus gritos de placer, me dejaste un persistente y desagradable aroma a soledad.
Ciertamente (y esto debe ser plenamente aclarado), el Rey no está nada satisfecho.
Atizapán de Zaragoza, 11 de septiembre, 2010.
0 ándale no duele:
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