Eduardo no lo conocía. Jamás le había visto. Tampoco había visto esa foto de Les Horribles Cernettes que estaba ahí tirada, impresa de alguna página Web de muy mala calidad.
Se detuvo. Tomó la cabeza de Annie y le miró a los ojos, algo que hacía en muy raras ocasiones.
– Se te cayeron unos papeles.
A Annie sus papeles le importaban un carajo, o eso creía. Ella quería seguir dándole placer a Eduardo, que para eso vivían juntos, o eso creía. Para eso se había ido de la casa de su madre ¿no?
O eso creía.
– Deja esos malditos papeles, por Dios. Los levanto cuando terminemos. Anda, dímelo, di que te gusto, di que soy tu única mujer, di que te vas a casar conmigo. ¿No te gusta que te la mame?
Trató de hacer que Eduardo se olvidara de eso, le acarició el pene, le besó el cuello. Y parecía estar funcionando. Eduardo cerró los ojos y dejó salir un ahogado gemido de satisfacción.
Pero, de pronto, perturbada por alguna impertérrita epifanía, se recogió los cabellos y buscó la cinta para el cabello que estaba en el buró, al lado del tequila, la hielera y los anteojos. Pasó el dorso de sus delicadas manos sobre su boca y trató de levantar los papeles sin que Eduardo lo notase. Pero ya era tarde para eso.
– ¿Quién es, Annie?
– Es un amigo de la preparatoria, Eduardo.
– ¿Y siempre lo traes en tu agenda?
– No, es que estaba juntando fotos viejas, necesito organizar tanto papel que tengo tirado por ahí. Cartas, documentos, es un caos. Quiero aprovechar que tengo un par de días libres…
– Qué raro, jamás me habías hablado de él.
– Sí te he hablado, pero no me prestas atención.
Annie se incorporó y se puso una de esas playeras holgadas. Después se colocó las pantaletas y encendió un cigarrillo. Suspiró, y trató de ocultarlo con una inhalación profunda de humo, esperando que Eduardo no lo notase. Y lo logró.
– Tengo que ir al baño.
Se encerró. Annie y Eduardo aún no llegaban al punto de no cerrar la puerta del cuarto de baño, lo cual ella agradeció infinitamente. Nuevamente se bajó las pantaletas y se sentó. Más que a dejar salir toxinas, se sentó a meditar.
No había reparado en el hecho de que Eduardo no conocía a aquel misterioso personaje que salía de su agenda justo durante el acto sexual. Casi le daba pena que esa fotografía hubiese salido en ese momento. Quizá en otro no le importaría, pero, se sentía mal, se sentía sucia. Y lo peor es que sin motivo alguno. ¿Por qué se sentía así? Después de todo, eso había acabado hace mucho. Cierto es que habían hablado en algún cumpleaños, o en algún arrebato de nostalgia, pero ahora eran simplemente unos buenos amigos, ¿no era cierto? Se llevaban bastante bien, incluso él había bromeado acerca de ser padrino de bodas. Bueno, antes de haberse perdido la pista, al menos.
Pero la duda comenzó a asaltarle. Las palabras de Eduardo comenzaron a resonar en su cabeza.
Qué raro, jamás me habías hablado de él. Y era verdad. Así como no podía acostarse con Eduardo si estaba esa maldita fotografía mirándolos, tampoco podía imaginarse un escenario donde Eduardo y él se encontraran. ¿Qué harían? ¿Darse palmadas en la espalda y ponerse a platicar sobre la última tecnología en teléfonos móviles con la hipócrita sonrisa del
cool guy? Bueno, Eduardo sí es un
cool guy. Eduardo se viste bien, Eduardo huele bien (ese Hugo Boss es tan varonil), Eduardo se preocupa por los detalles. Eduardo le cae muy bien a mis amigos. Él… él es un egoísta maldito, un mentiroso patológico, él es un higadito, él usa el mismo pantalón una semana. Quizá ni siquiera tenga un móvil.
Se dirigió a la cocina a hacerse un sándwich de pan integral, aunque no tenía hambre. De alguna manera sentía que no debía regresar al tálamo. Ya no tendría ganas de nada. De repente todo el entusiasmo y las fuerzas se le habían esfumado. Se quedó ahí, recargada sobre la alacena que tenía una mesa integrada, mirando fijamente el plato.
Mira que tú y yo no venimos del mismo planeta que estos sujetos. Los ves, ahí tan presurosos y tan inquietos, como si tuvieran doble carga de pilas Energizer. Y nosotros, nosotros estamos aquí sentados perdiendo el tiempo. Desempleados, sin nadie que nos regale nada. Y, sin embargo, creo que somos más felices que ellos. Tenemos de esos momentos místicos de los que ahora ellos carecen, simplemente porque no saben buscarlos. O no les interesa, quién podría saberlo.Esas palabras resonaban en su cabeza, moviéndose de un lado a otro…
Te tomas una copa de vino, y te acuestas a ver el piso, y las nubes, y sientes el pasto en las sienes. Y puedes rodar, sabiendo que no llegarás muy lejos rodando, pero eso sea acaso lo interesante, la vida es efímera, como nosotros rodando. Hay que aprovecharla, antes de que llegue el invierno y el pasto se seque, y esos árboles tan hermosos pierdan el verdor.¿Dónde estará? ¿Estaría pensando en ella? Es difícil de asegurar: hace tanto tiempo que las cosas iban a ser tan distintas… o iguales. Él siempre decía que, si deseabas algo con la suficiente fuerza, es casi seguro que ibas a tenerlo o a lograrlo. Entonces ella no deseaba mucho: sólo que él, ese justo momento, estuviese pensando en ella. Deseaba que, por un breve instante, lograran esa sincronía mental que tanto tiempo les había logrado obtener. Esa misma sincronía que falló su prueba más importante: la prueba del tiempo. Cuando se habían separado, él juró que iría a buscarla, que se iría con ella, sin importar lo que pasara. Ella juró que haría lo mismo. Pero ninguno hizo nada. Los dos dejaron que todo se pudriera, que el tiempo, ese maldito enemigo, fuera corroyendo hasta los cimientos de tan hermosa relación, hasta dejarla mermada y deshecha como los árboles de navidad en enero. Y sufrió, mucho. Estaba segura de que él había sufrido tanto como ella. Por unos meses estuvo en estado de shock. Pensaba que iba a buscarla, que iba a llamarle por teléfono, que iba a indagar entre los amigos dónde estaba ella, y que un buen día, como era su costumbre, iba a tocar a su puerta con dos mudas de ropa, doscientos pesos y un abrazo en el que se fundiría tanto pensar y repensar.
Pero nada de eso ocurrió. Los meses pasaron, y un buen día despertó hecha a la idea de que jamás iba a volver. Eduardo, un compañero de trabajo, comenzó a acercarse a ella. Primero de forma bastante tímida, después un poco más natural. Y, cuando ella supo que había visto los seis episodios de Star Wars completos en un solo día, igual que ella, supo que algo bueno, algo grande, iba a surgir entre los dos. La invitó a salir, y le dio un beso en la segunda cita. Después, comenzaron a frecuentarse, a salir a pasear, y, aunque ella no se había olvidado de Él, pasaba el tiempo muy bien con Eduardo, y eso ayudó un poco a mitigar la tristeza. Con el tiempo, tomó dos maletas y abandonó la casa de su madre para jamás volver. Ahora estaba ahí, con Eduardo, feliz, encantada de estar con alguien a quien realmente quisiera, alguien que la hacía sentir segura y que jamás la abandonaría de esa manera tan cruel.
Ahora sentía que traicionaba a Eduardo, no habiéndole hablado de esa persona que, si bien era tan importante, también era un insensible, que se atrevió a dejarla cuando más le necesitaba. Todo habría sido diferente. Pero se sentía triste de tanto darle vueltas al asunto. Eduardo era menos emocionante, pero ciertamente era mucho más maduro. Tomándolo con filosofía pragmática, en realidad era lo que necesitaba. Regresó a la alcoba. Eduardo estaba dormido. Sacó la vieja fotografía de la agenda, y evitó mirarle a los ojos. Siempre se había sentido un poco intimidada por esa mirada tan penetrante. La hizo añicos, y la arrojó por la ventana.
A un par de kilómetros de ahí, Él bebía una cerveza. Había tenido una pésima semana. Estuvo la mitad de ella indagando acerca del paradero de Annie, pero al fin había logrado obtener datos de Mario, un viejo amigo que tenían en común. Al principio Mario no quería. No te va a gustar lo que te encuentres, le dijo. Después de un par de tragos y bastantes súplicas, Mario al fin accedió. Ella trabaja, sólo la vas a encontrar en la noche. ¿No tiene teléfono, Mario? No, no tiene. ¿Celular? Sí, es este.
Se despertó muy de mañana, y pensaba en llamarle, pero no lo hizo. Que sea una sorpresa, pensó. Pasó el día entero vagando por las calles, entrando y saliendo de lugares, de sanitarios públicos, de cantinas… emocionado, inquieto.
Al fin era de noche. Se metió a un bar a tomar un par de copas para darse valor. Todo lo que había dicho no eran mentiras, era la verdad. No había dejado de pensar en ella ni un solo momento. Y ahora iba a decírselo de frente. Se frotaba las manos, se limpiaba el sudor con kleenex, se sentía nervioso.
Y caminó. Al fin llegó al edificio. Quería tocar el timbre. No se animaba. ¿Iba a gritar? No, ése no era su estilo. Se quedó ahí parado, sin saber qué hacer. Y entonces vio lo que pareció ser una mariposa que volaba muy lento. Con un rápido movimiento la hizo presa entre sus manos, y después abrió la mano para verla. Después otra, y después otra.
Lo que vio le partió el alma. Despedazados, desperdigados, varios trozos de una fotografía suya muy antigua.
Se quedó sentado sobre una vieja jardinera frente al edificio, y levantó la vista. Habían varias ventanas abiertas. Hubiera podido caer de cualquiera.
Se quedó pensando un momento y, tras arrojar los trozos de fotografía y el papel garabateado que le había entregado Mario al suelo, se dirigió a la esquina y abordó el primer taxi que pasó, un Ford Fiesta con placas terminadas en 8.
– Buenas noches. ¿A dónde va, joven?
– Primero a mi casa, y después al aeropuerto.
– Oh, ¿se va de viaje?
– Más bien regreso de él.
El conductor no dijo nada. Tomó la avenida y se alegró de que le tocara el turno de la noche. ¡Había tan poco tráfico!